Un banco de fuentes pictóricas sobre la época colonial y revolucionaria para trabajar en el jardín de infantes

Uno de los propósitos del jardín de infantes es el de ampliar los saberes de las niñas y los niños sobre el mundo social, acercándolos a contextos sociales, culturales, temporales y espaciales, tanto conocidos, como poco o nada conocidos.

Entre estos últimos contextos, se encuentran los que refieren a otros tiempos, a los grupos sociales del pasado, a su vida cotidiana y a sus formas de resolver los problemas. Para superar el tratamiento de las tradicionales efemérides, que suelen darse a través de la realización de performances estereotipadas en los actos escolares, es necesario ampliar el repertorio de épocas sobre las cuales organizar las propuestas de enseñanza, y hacer foco en la contextualización sociocultural, para observar los cambios y las permanencias de aquellos tiempos con respecto a la actualidad vivida por las chicas y los chicos. Entre las oportunidades que nos brinda el estudio de la vida cotidiana de cada recorte del pasado, se encuentran: sus trabajos, sus formas de relacionarse, sus formas de alimentarse, vestirse, viajar, festejar o jugar, entre tantas otras posibilidades.

Por otro lado, el enfoque renovado de la enseñanza de las ciencias sociales, se propone también que las niñas y los niños del jardín puedan aproximarse a los modos apropiados de construir esos saberes sobre la realidad, acercándolos a fuentes variadas que ofrezcan información sobre las diferentes épocas. Entre ellas, las imágenes se convierten en medios privilegiados para construir las nuevas representaciones sobre aquellos tiempos.

En esta oportunidad, las alumnas de tercer año A y B del Profesorado de Educación Inicial, han organizado una selección de fuentes pictóricas, correspondientes a la época colonial y revolucionaria, de autores representativos, tanto locales como extranjeros, que ponen a disposición de las y los docentes del nivel, para su consulta. Así, buscan contribuir al enriquecimiento de las prácticas de enseñanza.

Posiblemente, algunos aspectos de los cuadros serán observados por las niñas y los niños por iniciativa propia. Sin embargo, además de aprender acerca del pasado mirando el cuadro, tendrán también que aprender a mirar. Pensar preguntas es una estrategia de enseñanza que posibilitará el aprendizaje de ambos procesos.

Por ello, las docentes de la asignatura Ciencias Sociales y su Didáctica, ofrecemos al finalizar los aportes de las estudiantes, algunas sugerencias para elaborar interrogantes que permitan a las niñas y los niños observar detenidamente las obras y obtener información acerca de lo que ellas nos cuentan.

Esperamos la consulta de todas y todos ustedes.

¡Adelante!

Video de invitación

Padlet con los trabajos presentados por las alumnas

 

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Día de los jardines de Infantes y de la Maestra Jardinera

El nivel Inicial tiene como propósito fundamental favorecer el desarrollo integral y garantizar el derecho a la educación de los niños y niñas desde los 45 días a los 5 años de edad.
Hoy 28 de mayo toda la comunidad del Profesorado de Educación Inicial celebra el Día de los jardines de Infantes y de la Maestra Jardinera y en este momento tan particular que nos toca vivir enviamos nuestro cariñoso saludo a docentes , estudiantes y personal del INCASUP que forman parte de nuestro Profesorado, a las escuelas y jardines maternales asociados y a quienes en todo el país trabajan por el nivel inicial.
Para seguir con la tradición institucional, nuestras estudiantes de 2° y 4° año con el acompañamiento de sus docentes nos cuentan a través de videos, los diversos significados de este día desde sus miradas de futuras docentes:
 

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Presentación de actividades virtuales

nos formamos desde casa ARTICULO BIENVENIDA 01

A pesar de la necesidad de asumir el aislamiento social preventivo obligatorio, quienes integramos la comunidad educativa del Incasup siempre permanecimos cerca, aunque desde otro lugar. Y así continuamos, conectados y unidos en el mismo espíritu.

Hoy nos toca compartir las actividades académicas, de gestión, administrativas, de comunicación y de mantenimiento, desde plataformas virtuales. Equipo de Conducción, personal docente y no docente, estudiantes… todos continuamos viviendo el sentido de pertenencia a nuestra institución, con una fuerte presencia del espíritu solidario que nos caracteriza. Esto nos sostiene y nos impulsa cada día a enseñar y aprender el uso de las tecnologías disponibles para la educación. Hicimos un esfuerzo conjunto para readecuar todo nuestro formato de trabajo a la modalidad virtual.

Nuestro equipo de Coordinación y nuestros docentes están demostrando, una vez más, un compromiso permanente, dado que estos cambios requieren otros modos de acercamiento y seguimiento pedagógico.

Nuestros estudiantes también demuestran su responsabilidad con la participación y aportes en las aulas virtuales, nuestro nuevo espacio de encuentro.

Por eso, queremos compartir con la comunidad un poquito de nuestro trabajo desde esta nueva modalidad. Nos seguimos formando desde casa brindando todo nuestro esfuerzo, desde los distintos roles, para garantizar la continuidad de nuestras actividades académicas, manteniendo siempre la calidad educativa.

Anhelamos el reencuentro con esta gran familia y esperamos volver a recorrer los pasillos de nuestra gran casa, nuestro querido Instituto Católico Superior.

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Día del trabajador en contexto de pandemia

Eduardo Casas

La situación global de contexto de pandemia ha impactado en una fuerte re-adaptación de los entornos laborales, siendo uno de los más afectado el espacio escolar. Todos los trabajadores del ámbito de la educación han sido exigidos por una capacitación tecnológica importante para poder sostener el servicio educativo y el vínculo pedagógico con sus alumnos. Ciertamente la actividad educativa es una de las más estresantes en este contexto.

Sin embargo, no es el único servicio esencial en esta emergencia. En este día del trabajador debemos honrar a  los médicos, enfermeros, camilleros, bioquímicos, farmacéuticos, agentes de salud y  agentes sanitarios, los cuales muchos de ellos están infectados y algunos han muerto; a los empleados de la limpieza de los hospitales, a  los científicos e investigadores que buscan vacunas, a los agentes sociales y políticos que ayudan para solucionar el problema en diversas áreas, a los policías y agentes de seguridad, a los camioneros y transportistas que llevan alimentos y artículos de consumo, insumos sanitarios y otros elementos para la subsistencia diaria, a los recolectores de residuos, a los comerciantes y empresarios, a los periodistas y comunicadores sociales, a los administrativos de numerosas organizaciones, a los recepcionistas de hoteles y atenciones telefónicas de diversos servicios, a las miles de personas que anónimamente, desde sus hogares y trabajos, realizan acciones solidarias y a todos los ciudadanos responsables

En tiempos de emergencia socio-económica, el trabajo es un bien público y privado que debemos cuidar. Uno de los miedos fundamentales de este tiempo es el temor de perder la fuente laboral. El trabajo es un derecho, un deber y una oportunidad de construcción de dignidad personal y de participación en la formación ciudadana que es preciso custodiar y acrecentar.

El trabajo -en un contexto de pandemia que extrema la inseguridad económica, la inestabilidad laboral y la inseguridad social- ciertamente se ve muy condicionado. Sin embargo, a pesar de eso, no puede ser nunca instrumento de coerción, de instrumentalización de las necesidades humanas, de temor, de explotación y de ausencia de criterios éticos para resguardar los derechos laborales.

Los cristianos -especialmente quienes trabajamos en la educación- debemos formar en la conciencia crítica y participativa para la construcción del bien común, el bien más inclusivo, el que resguarda el derecho, el deber y la oportunidad de posibilidades de todos.

Por la educación tomanos conciencia de nuestros derechos y de cómo resguardarlos. Educación y trabajo constituyen un binomio indispensable de política de estado que permite encontrar posibles salidas a los contextos apremiantes en los que estamos sumidos. 

Como creyentes recemos para que haya trabajo en todas las familias. Que el Señor Jesús que trabajo con sus propias manos como humilde carpintero nos otorgue el pan de cada día y el sueño de un país posible para todos. Roguemos para que la pandemia sea una ocasión desafiante para pensar la verdadera justicia laboral que toda persona se merece.

Amén

 

 FELIZ DÍA DEL TRABAJO

 

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Pandemia, signo de los tiempos

                                                                     

Eduardo Casas

La pandemia del Covid 19, para aquellos que desde la fe intentamos una lectura de la realidad, nos desafía a encontrar un verdadero “signo de los tiempos”, un indicador histórico-socio-cultural susceptible de ser discernido por la fe como una epifanía de Dios mediada en las circunstancias (dolorosas o gozosas) que a la humanidad entera le toca transitar.

El siglo XXI, comenzaba como un nuevo siglo y un nuevo milenio de promesas. En el transcurso de estas dos primeras décadas no han faltado acontecimientos significativos. Se puede traer a la memoria, simplemente algunos de los más importantes:  el atentado a las torres gemelas (2001), el desciframiento del genoma humano (2001), la aparición del síndrome respiratorio agudo severo (comúnmente abreviado SRAS o SARS) que se expandió por el mundo (2003); el atentado terrorista de los trenes de Madrid (2004); la ejecución de Saddam Hussein (2006); la extracción de las células madres (2007); la pandemia de la gripe porcina o gripe A (2009-2010); el terremoto de Chile (2010) y de Haiti (2010); el exitoso rescate de mineros en Chile (2010); el terremoto y el tsunami de Japón (2011); el asesinato de Bin Laden (2011); el comienzo de la Guerra Civil de Siria que aún no ha terminado (2011); el invento de las noticias falsas (“fake news”) en las redes sociales (2012); la renuncia del Papa Benedicto XVI (2013); la elección del  Papa Francisco como primer Pontífice latinoamericano (2013); los atentados terroristas de Paris (2015); el inesperado triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos (2016); el terremoto de  México (2017); la muerte del científico Stephen Hawking (2018); el incendio de la Catedral de Notre Dame (2019) y la pandemia del covid de 2020; entre muchos, muchos otros acontecimientos.

Ciertamente la lista es más larga. Algunos de los eventos, casi que ya los habíamos olvidado debido al frenesí vertiginoso en el cual nos acostumbramos a vivir. El siglo XXI nos ha presentado una serie de desafíos que han producido un cambio de época en una época de cambios. Todos los paradigmas que intervienen en la construcción socio-cultural del mundo cambiaron.

Hay muchos signos concurrentes que atraviesan todos los ámbitos de la sociedad global y que resultan muy preocupantes: la violencia en sus múltiples forma generando inequidad,  desigualdad, injusticia, exclusión y discriminación; las diversas formas de dependencias, adicciones y esclavitudes;  la pobreza estructural de países enteros y el estado de  vulnerabilidad de las mujeres, los migrantes y los refugiados, entre otros. 

La consecuencia de todo este panorama es un mundo resquebrajado, en estado crítico y enfermo, deshumanizado y vaciado de sentido existencial y de sentido trascendente. La secularización y el individualismo cada vez más extremos han producido que el ser humano construya su propia trampa en una infranqueable soledad y aislamiento. Un mundo globalmente conectado tecnológicamente en un mundo humano aislado individualmente.

Hoy, en razón de la pandemia, el mundo drásticamente se ha desacelerado, suspendido y paralizado. Ha quedado, en su suficiencia, totalmente desconcertado. Esta actitud nos tiene que hacer recapacitar y aprender.

La extrema vulnerabilidad humana y social de una muerte masiva nos tiene que hacer volver a lo esencial del factor humano para religarnos con aquello que da sentido y posibilidad de salida de esta situación. Es necesario una verdadera conversión social transformativa de la conciencia y de los comportamientos colectivos para volver a reconectarnos con lo más real y lo más profundo de nuestra humanidad, de nuestra sensibilidad y de nuestra conciencia ética. Buscar esencialmente aquellos que realmente nos define como humanos y como sociedad. Es un tiempo de discernimiento, de definiciones y de opciones.

El aislamiento ha sido un gran retiro de introspección mundial y ha hecho emerger lo mejor de nuestro espíritu solidario y también las sombras de actitudes subyacentes que han aparecido. Nos hemos damos cuenta que la comunicación con el exterior inmediato que nos permite la tecnología ha sido necesaria para los vínculos, el trabajo, el estudio, la información y la educación; sin embargo, también advertimos que no es la totalidad del mundo afectivo que nutritivamente nos alimenta emocional y espiritualmente.

La pandemia nos ha confrontado con una humanidad quebrada, develando estilos de vida fracturados, individualistas, con rutinas instauradas, incomunicados de verdad, aunque disponibles tecnológicamente en línea permanente.

El confinamiento cruelmente nos ha sacado muchas máscaras, dejándonos socialmente desnudos y a la intemperie. Ya hace mucho que vivíamos aislados de  incomunicación real, clausurados en la anestesia de nuestro propio individualismo, siendo extraños, aunque conviviendo y trabajando juntos, creyéndonos libres y, sin embargo, maniatados por un sin fin de adicciones socialmente permitidas o no.

Cuando todo pase, tendremos el reto de re-inventarnos una vez más buscando ser mejor y más humanos. Somos una única familia humana. Debemos fomentar la solidaridad, incluso entre las culturas y naciones. Las fronteras cerradas tienen que promover una conciencia colectiva abierta.

Esta es ciertamente una oportunidad histórica para que los gobiernos piensen más allá de sus propias fronteras y puedan diseñar un nuevo sistema económico mundial en función del ser humano y, sobre todo, en servicio  a los más vulnerables y necesitados, ya que -en general- son siempre los más afectados y desprotegidos y las crisis económicas los golpean con mayor severidad. Ciertamente si la pandemia es peligrosa, la paralización de toda actividad es también preocupante y grave, sobre todo para la población desempleada, o la que tiene un trabajo informal, o aquella que sus actividades han quedado paralizadas.

La propuesta bíblica de una economía de comunión[1] y no de una ecomonía de consumo es la salida más humanitaria. Pensar en modelos económicos humanizados es principalmente una responsabilidad de quienes lideran los gobiernos de los diversos países junto al aporte de aquellos profesionales técnicos que, con sentido ético, piensen la adminsitración de los bienes y de los servicios en un mundo herido en su sustentabildiad económica. Esta situación de crisis ecomómica derivada de la pandemia, en breve, nos afectará dramáticamente a todos.

La dolorosa instancia actual nos pone frente al espejo de nosotros mismos en busca de un sentido de vida y de una resurrección colectiva posible, como la que cuenta -en el Antiguo Testamento- el profeta Ezequiel, en su visión de los huesos secos regenerados por el hálito del Espíritu.[2]

Tenemos una oportunidad histórica para salir de esta situación mucho mejores, más crecidos, más maduros y más experimentados; aunque también es posible que, desmemoriados de todo aquello que nos ha acontece, una vez más, lamentablemente, no asimilemos, ni aprendamos.

Esta situación globalmente pone a prueba nuestro nivel de conciencia y de compromiso. Hay que advertir los signos de alerta y cambiar a tiempo. Para los creyentes, el Evangelio sigue siendo la mejor oferta de sentido que es posible hacer a la humanidad y a la historia. La mejor oferta de humanidad y de humanización. El cristianismo es un humanismo dialogal, no cerrado, ni clausurado, ni fundamentalista. Es un humanismo integral que abarca todo lo humano e integrado en todo humano y en la posibilidad de todas sus diversas culturas.

Debemos desear y decidir crecer en humanidad para que el mundo ya no sea igual que hasta ahora y sigamos aprendiendo, no solo a sobrevivir y a vivir, sino a crecer, a evolucionar, a ser más sabios y más humanos. Que asumamos la promesa de nuevos frutos para no dejar de renacer y llegando al límite en el que algo termina, abramos el umbral desde el cual todo tiene la posibilidad de volver a resurgir.

Debemos tomar conciencia que estamos en un un momento, aunque intenso y dramático, igualmente histórico, inédito, único, e irrepetible. Muchos nos sentimos sobrevivientes de un naufragio colectivo. Somos bendecidos por el solo hecho de estar vivos y nos tenemos el deber de aprender de aquello que vivimos,  sufrimos o perdimos.

Es preciso que valoremos lo frágil de estar vivos. En estos tiempos de sufrimiento común,  la humanidad necesita del consuelo de la esperanza, de la recreación del sueño colectivo y de la acción transformadora y comprometida de todos. Busquemos siempre aquello que nos hace más humanos.

Tampoco debemos ser ingenuos pensando que, por el solo hecho de haber pasado una cuarentena, mágicamente nos convertiremos en una sociedad más evolucionada. Los procesos de transformación -en la conciencia y en el comportamiento social de la humanidad- requieren de mucho tiempo. No siempre hemos aprendido de la historia, a pesar de que otras generaciones ya han vivido experiencias semejantes. Es cierto que toda experiencia histórica resulta inédita; sin embargo, la humanidad ya ha pasado por sufrimientos extremos y no siempre, las nuevas generaciones, hemos aprendido, ya que solo se aprende aquello que hemos sufrido como propio.

Tenemos la ocasión de aprender del sufrimiento colectivo vivido. Ojalá estemos a la altura del momento hsitórico que estamos protagonizando. No hay que soñar ingenuamente con utopías, sino trabajar para que el cambio sea posible. No hay que esperarlo. Hay que accionarlo. Hay que hacerlo. Hay que protagonizarlo. Es preciso trabajar para que los cambios posibles se realicen. No hay que esperar pasivamente, sino generar las condiciones para que se den los cambios y ejecutarlos en acción. Los sueños no se realizan por haber sido soñados y anhelados sino, primero, por haber sido vividos. Al menos vivido por alguien que luego inspira a otros. Los sueños colectivos se forjan. Se hacen en cadenas y en redes. Se construyen entre todos. Se cuidan.

Estamos ante un momento de inflexión en la autoconciencia de la humanidad, si nosotros decidimos que lo sea. La fuerza común nos mostrará el camino. Solo tenemos que encontrar el modo adecuado a estas circunstancias. Necesitamos una resurrección del cuerpo social para que resurga transfigurado habiendo aprendido que vale más lo que es de todos que aquello que es únicamente mío y que la vida siempre es un legado de Dios que hay que cuidar responsable, delicada, respetuosamente. Que toda esta experiencia social nos devuelva a nuestros habituales ámbitos de convivencia y de trabajo, mejores,  más sabios y más compañeros.

 

[1] Cf. Hch 2,44-45.

[2] Cf. Ez 37,1-14.

 

 

 

 

  

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